viernes, 8 de abril de 2011

WO BU MING BAI LE (2)


(No entiendo 2)

Días después hicimos planes para visitar la Ciudad Prohibida. El sol no nos favoreció esta vez. Ya en el camino decidimos que era mejor entrar al Museo Nacional, que está al frente. Al llegar a él no pudimos ingresar. ¿Por qué? No había ninguna razón o motivo sustancial. Sólo nos decían: Mei you. Empezamos a desesperarnos. Les hablábamos en chino, en inglés, pero no había forma de hacernos entender.
En nuestro momento de desesperación llamé por teléfono a Yahui. Le dije que por favor hablara con los de seguridad para que le dieran la razón porque la cual no podíamos ingresar.
Pudo traducirnos lo mismo. Que no había entradas. ¿Cómo entradas? ¿Para un museo hay límite de entradas?
Así es. Nos dimos la vuelta porque veíamos que otras personas sí ingresaban. Preguntamos en diferentes puertas y en todas nos repetían lo mismo: Mei you. Tiramos la toalla.
¿Qué hacemos ahora? El día estaba neblinoso como para entrar a la Ciudad Prohibida.
¡Ah! En la plaza está el mausoleo de Mao. ¡Vamos a verlo!
Cruzamos la pista entusiasmados. Veíamos a mucha gente ingresando. Al llegar a la entrada nos detuvieron. No pueden ingresar. ¿Qué? No pueden ingresar con bolsos. Yo obviamente tenía mi bolso con el celular, la cámara y demás porquerías.
Martín me dijo: Entra tú sola y yo te espero con el bolso. Luego entro yo.
Hicimos eso. Después de caminar un buen tramo (porque en Beijing todo es grande) hasta la entrada del mausoleo, me volvieron a detener. Tenía el celular en la mano para llamar a Martín por cualquier cosa y la cámara en la casaca. Había que pasar por el scanner. Estaba por dejar el celular en los casilleros pero no querían que dejara la cámara con ellos. No había manera de hacerles entender que iba a dejar las dos cosas juntas. No querían que dejara la cámara por ningún motivo. Sólo el celular. Fue una discusión larga (en inglés obviamente). Me sacaron de ahí entre varios.
Salí ofuscada. No pudimos entrar ni al museo ni al mausoleo.
Comunicarse con los chinos es bien complicado. Situaciones como éstas nos rodean cada tanto.
Recordando hace unos meses atrás…
Martín y yo en el banco queriendo cambiar yuanes a dólares para ser enviados vía Moneygram.
Cada uno tenía que cambiar por separado, porque hay un límite por persona.
Luego Martín me daría lo cambiado para que hiciera yo el depósito.
No querían que, bajo ningún motivo, él me diera el dinero.
No querían que la plata que yo tenía más la de él fueran juntadas para hacer el envío.
No había forma de hacerles entender que era un solo envío.
No. No. ¡¡¡Y no!!!!

Con la única china con la que me puedo entender a profundidad es con mi acupunturista. Entre su poco inglés y mi poco chino, más mi diccionario de dibujos, podemos dialogar. ¿Será porque me toma el pulso y sabe hasta lo que estoy pensando? Ahí no hay ningún problema del idioma ni del entendimiento. Ella puede saber qué tengo con sólo tomar mi mano.

jueves, 7 de abril de 2011

WO BU MING BAI LE (1)





(No entiendo 1)

Entablar conversaciones con los chinos es algo complicado. Una misma palabra tiene diferentes significados. Si no la pronuncias correctamente puedes estar diciéndoles alguna obscenidad tranquilamente.
Mi aprendizaje es todavía lento. Digo o pido lo que necesito pero más de eso no puedo.
Igual siempre tengo problemas porque a veces no me entienden o yo a ellos. Aunque con alguna seña finalmente me dejo entender.
A la hora de hacer alguna compra, tengo que repetir en voz alta y en mi mente varias veces y durante unos buenos segundos para descifrar lo escuchado.
Martín habla bastante más que yo pero no sé por qué siempre me deja negociando sola a mí.
Hace unos días decidimos ir por fin a la Muralla China. El clima ya está cambiando. Hace menos frío y hay un poco más de solcito. Queríamos ir como buenos citadinos. No como extranjeros de turismo. Eso nos costó la vida. Nos habían dicho dónde quedaba la estación de buses y cuál debíamos tomar.
La noche previa no pude dormir, estaba muy emocionada. Había dejado todas las cosas listas para salir temprano: galletitas, kekitos (budines para los amigos argentinos), bebidas, caramelos (por si me daba soroche), papitas. Nos levantamos temprano y enrumbamos para la estación.
Empezamos muy orondos haciendo la primera cola. Empezaba a salir el sol. Habíamos preguntado si ése nos llevaba, por supuesto nos habían dicho que sí. Cuando estaba con un pie en el bus, el conductor nos dijo: Bu hao le. No iba.
Demonios. Pero ahí decía 919. No puede ser. Empezamos a preguntar a los que pasaban a lata. Ninguno nos daba razón. Tampoco podíamos entenderla. Nos empezamos a desesperar. Había mucha gente. Cuando digo había mucha gente, es que éramos mucha gente. Ya habíamos hecho unas dos colas más. Mientras uno hacia la fila el otro correteaba para preguntar.
Nos dimos cuenta que eran unas veinte líneas del 919. ¿Cuál debíamos tomar? Todo, obviamente, estaba escrito en caracteres chinos. Seguimos preguntando: ¿Badaling? Dui, respondían. Todos nos decían que sí. Y cuando estábamos por trepar, de pronto nos decían: Bu hao le. Maldición. Empezamos a entrar en histeria. No podía ser que nos dijeran que sí iban para luego decirnos que no.
El último intento lo hicimos separados. Martín fue detrás de un bus y yo del otro. Cada uno hizo su cola. A los dos nos dijeron nuevamente que sí. Nos mirábamos de tanto en tanto para ver cuál tenía éxito. Un gringo me dijo: éste sí va.
Trepada ya en las escaleras empecé a gritar: Éste sí va. ¡Martín éste sí va! Los chinos subían como ráfagas atropellándome mientras seguía gritando.
Terminé de subir para encontrar algún asiento. Encontré dos al fondo. Me apoderé furiosa de ellos. Los chinitos subían agilitos. Martín no venía. Estaba sudando. De pronto apareció.

Continuará…

sábado, 2 de abril de 2011

DON´T KISS ME




Siempre me incomodó tener que besar a gente que no conozco. Sobre todo cuando te encuentras con algún amigo en algún lugar y éste va acompañado de algún otro amigo  que nunca en la vida viste. Y como las normas de cortesía dicen que tienes que saludar con un beso por ende también se lo tienes que zampar al no conocido.
Felizmente esto no pasa acá en la gran China. No tengo que besar a nadie, así sean conocidos, amigos, íntimos, repito: a nadie.
Cuando llegué a Beijing, Martín me esperaba en el aeropuerto con Marco (esposo de Vivian, una de las socias de la pastelería). No lo veía hacía tres meses. Estaba tan feliz y emocionada de verlo que les zampé el beso a los dos. Obviamente, el beso para Marco fue en el cachete. Pero Martín, mientras me ayudaban con las maletas, me dijo al oído: aquí no se dan besos. Me quería morir de la vergüenza, porque había sido un poco efusiva a la hora de saludarlos.
A la mañana siguiente, ya sabía esto, conocería a todos por primera vez. Nos saludamos con la mano, muy amables todos pero entre líneas diciendo: no te acerques más.
Luego la mano desapareció. Tampoco se dan la mano. El saludo simplemente se basa en: Ni Hao. No hay ningún acercamiento. Es fantástico. No tienes que estar besuqueándote con nadie.
Me he acostumbrado rápidamente a este buen hábito.
Con nuestros amigos italianos o cualquier otro extranjero el saludo cambia a dos besos. Demasiado. Si uno me parece innecesario, dos me parecen una pérdida de tiempo, además de que siempre pienso que se pueden rozar las narices entre uno y otro.
Por otro lado, en la calle, veo a las parejas muy afectuosas entre sí. Se llenan de besos y abrazos. Entonces no quiere decir que no sean afectuosos. Lo que no quieren es intercambiar babas porque sí.
A veces, por costumbre, me dan ganas de besuquear a mis amigos chinos pero me contengo para no asustarlos.
Esto de no estar besuqueándote con desconocidos es el ideal al que quisiera llegar. No sé si pueda hacerlo. No sé si mi ciudad me lo permita. En todo caso aprovecharé el tiempo del no beso en esta otra ciudad.

Ya pues, qué me queda...

viernes, 1 de abril de 2011

DEMOLICIÓN


Parece ser y luego no es.
A una cuadra había un mercadito de verduras. Salvación para una ama de casa joven inexperta en la cocina. Un buen día no estaba más.
A dos cuadras había una tienda de productos multiusos. Salvación para una ama de casa joven inexperta en productos de limpieza y arreglos del hogar.
A media cuadra había un restaurant de comida china. Salvación para una ama de casa aprendiz en platos orientales.
Todo esto había y más. Un buen día dejaron de existir.
Todo en China es así. Un día existe un negocio. Al día siguiente sólo hay escombros de él. Y al día siguiente se levanta una nueva pared.
Es impresionante cómo de la noche a la mañana se cierran los negocios pero inmediatamente después se abren otros.
Hoy de camino a la pastelería, en la esquina de casa, veo algo distinto. La esquina era mucho más amplia y se divisaba la otra calle. Se habían bajado toda la pared y había muchos chinitos de naranja dando vueltas por ahí. 


Viernes 1 de abril. Se bajaron la pared.
Sábado 2 de abril. Están plantando arbolitos.











Mi calle anda en constantes cambios. Toda China anda en constantes cambios. Por todos lados se contruyen y abren negocios. La rapidez con la que levantan las paredes es alucinante. Son miles de chinitos en pos de lo mismo.
El otro día escuchaba esto: “Si el chino se lo propone…”
Y sí que es cierto.
Lo único malo de esto es que no puedo confiarme en que a la mañana siguiente voy a  encontrar mi tienda favorita al lado. Como el pequeño mercadito que me sacaba de apuros.
Beijing es una ciudad que crece constantemente. Son millones de chinos con una misma tarea: hacer de su país la primera potencia mundial. Y seguro lo van a lograr. 


Los jóvenes de mi edad tienen diferentes empresas. Manejan mucho dinero. Yo me siento tan pobre al lado de ellos.
No puedo imaginar como será de acá a dos años. Menos aún en veinte. Si ahora me parece monstruoso... no entra en mi cabeza como se verá todo esto con el pasar del tiempo. No sé si lo vea. No sé si pueda volver a este país que es, especialmente para sus propios habitantes: único en el mundo.

 

viernes, 25 de marzo de 2011

DE SEDA


Nuestro primer aniversario estaba por llegar. Teníamos que ponernos chulos. Martín me dijo que iríamos a un mercado donde encontraríamos cosas lindas y de oferta.
El día llegó. Nos enrumbamos hacia el mercado de la seda. En el camino me advirtió: bajo ningún motivo vayas a preguntar por el precio, sólo preguntarás si es que algo te gusta demasiado o intuyes que lo vas a comprar.
Incrédula yo, lo primero que hice al entrar fue acercarme donde una vendedora y charlar sobre costos y rebajas.
Todo se conviritó, no sé en qué momento, en discusión y amenazas.
Ella me pedía que le comprara a toda costa. Yo recién entraba al lugar y no quería apresurarme. Decidí irme. Me jaló del brazo y me regresó al stand. Miré a Martín con cara de susto para que dijera algo, no dijo nada. La vendedora empezó a martillarme la cabeza para ponerle yo el precio a la blusa. Me dio su calculadora para escribir el número. No sabía qué hacer. Me dio miedo. No paraba de hablar. Su volúmen era muy alto. Al principio nos había hablado en inglés pero al darse cuenta de que éramos hispanohablantes empezó a hablar también en castellano. Me sentí atrapada. No tenía escapatoria y tenía su calculadora en la mano. No podía decirle a Martín nada porque ella entendía todo. Lo miraba con cara de susto y trataba de comunicarle que nos fuéramos de ahí. Me sentí tan presionada que terminé comprándole la blusa.
Nos alejamos asustados, yo más que él y le dije: no hemos debido venir.
Pero seguimos caminando por los pasillos del gran mercado. Subíamos y bajábamos los pisos. Sólo miraba. No me atrevía a preguntar nada. Mientras íbamos viendo las cosas las vendedoras nos acribillaban con frases como: whele ale you? Vely chip. Come on. Plegunta. Muy balato. Yo estaba muy aturdida. Poco a poco empecé a darme cuenta de la dinámica del lugar. Veía como a todos los extranjeros los atormentaban con su tono agudo y ellos muy tranquilos discutían sus precios. Así tengo que hacer, pensé. Pero no estaba segura. Me había bloqueado tremendamente. Pasó un buen rato. Veía como Martín negociaba y de a poco empecé a entrar en valor. Ya estábamos por irnos cuando dije: espérame voy a preguntar por esta cartera. Lo hice. Estaba segura de que la quería. Me dio el precio inicial: 750 yuanes (375 soles). Es mucho, respondí. Me agarró la mano y puso la calculadora en ella (objeto clave para empezar la negociación). Para esto ya me había armado de valor. No la quiero, le dije. Which is the price? Respondió ella. Yo con la calculadora en la mano: 100. Y empezó la negociación. Finalmente me llevé la cartera por 125 yuanes (casi 65 soles) entre jaloneos y ruegos. La agarré y salí disparada de ahí. Mientras nos íbamos del mercado le dije otra vez a Martín: no quiero volver a este lugar nunca más.
Eso fue una mentira.
Volví una y otra vez. Tan es así que descubrí un mini mercado de seda en Sanlitun (barrio donde viven muchos extranjeros), entonces cada vez que vamos por el barrio nos metemos un ratito para ver qué encontramos. Ahora puedo ir yo sola. Hacer mis negociaciones sin mayores problemas y sobre todo comprar cada tanto un antojo DE SEDA.

martes, 15 de marzo de 2011

RAISE THE RED LANTERN


Hace dos meses y medio fuimos con Martín al National Center For The Performing Arts. Queríamos comprar entradas para la Ópera de Pekín. Estaban agotadas. Pudimos reconocer de la cartelera el nombre: Zhang Yimou. No dudamos ni un segundo y compramos los tickets para el 13 de marzo. Era todavía diciembre de 2010, pleno invierno. Las semanas transcurrían entre salidas a comer, paseos por la ciudad, el año nuevo chino, pero en mi cabeza, rondaba todo el tiempo ese domingo 13. Revisaba en mi agenda y contaba las semanas que faltaban para ese día. Las entradas las había guardado en un cajón, bajo siete llaves.
El día llegó. Tomamos el tren con una hora de anticipación, queríamos llegar temprano para pasear dentro del teatro. Había preparado mi cámara, tenía doble batería por si se acababa. Estaba muy nerviosa. Intuía que algo grande iba a ver. Ni bien entramos al teatro nos esperaba un muro de seguridad. Como en el aeropuerto, pasaron mi cartera por el scanner, me quitaron la cámara y pasamos por un detector de metales.
Todo mi plan macabro de sacar cuanta foto pudiera y hacer algunos videitos fue aniquilado. Me puse triste. Martín me dijo: Es mejor, así estarás totalmente dada al espectáculo, lo disfrutarás más. Y tenía razón. Entramos a una sala de exposiciones de fotos, videos, maquetas y vestuarios de los montajes que se presentan ahí. Monstruosos montajes. Ya ahí me encontraba fascinada. Luego nos dirigimos a la sala más importante, al teatro en sí. Caminamos por un pasadizo o túnel enorme y largo lleno de lámparas rojas estilo muy chino, mientras arriba nos acompañaba la laguna artificial que se ve desde afuera del teatro. Llegamos. De pronto estábamos debajo de toda esa cúpula hecha de titanio y vidrio. Nuestras cabezas se inclinaron hacia arriba para mirarla. Miramos la hora y ya era momento de entrar. Subimos tres pisos por escaleras mecánicas para llegar hasta nuestras butacas. Habíamos conseguido aquel diciembre asientos en la última fila. Entre broma y broma decíamos: no vamos a ver ni una goma. Pero para nuestra sorpresa, el teatro estaba tan bien diseñado y tan bien hecho, que el escenario lo teníamos como si hubiéramos comprado boletos en los primeros asientos. Miles de almas se acomodaron. Teatro lleno. Apagón.

Lámparas chinas. Una mujer. Hombres. Baile. Música. Vestidos. Canciones. Danzas. Mesas. Biombos. Paneles. Pantalla. Zapatos de ballet. Telas. Ópera. Luces.
Una mujer está enamorada de un joven. La quieren casar con un hombre viejo. Ella huye, sólo quiere estar con su único amor.
Baila. Lucha. Sufre. Llora. Ama. Vive. Danza. Cae. Vuela. Baila. Danza. Baila.
El pueblo hace apuestas. Hay conveniencias. Se enfrentan.
La perfección de los movimientos y la perfección de los sonidos hacen que el espectáculo sea arrollador. Auténtico. Verdadero. Original. Chino. Único.
Sólo belleza. Armonía. Magia. Fantasía. Artistas. Siglos. Tradición.
Todo tiene sentido. Todo calza. Nada sobra. Nada basta.
Mudos. Silenciosos salimos los dos.
Mudos y silenciosos quedaremos los dos.
Mudos quedaremos saliendo los dos.
Mudos saldremos los dos.
Mudos silenciosos estamos los dos.










sábado, 12 de marzo de 2011

CÁMARA ADENTRO



Al tercer día de mi llegada a esta ciudad me di con la sorpresa de que había cámaras afuera del edificio donde vivimos, en la calle saliendo del edificio, en la otra calle al frente de nuestro edificio, cámaras colgadas en los cables de todos los edificios.
Me asusté. Le pregunté a Martín el porqué de esta situación. Me dijo que así era aquí. Me asusté de nuevo. Pensé: nos están vigilando con total descaro. Estuve como tres días casi paranoica. No quería salir del departamento. Cerraba la puerta mirando a todos lados, salía del edificio mirando a todos lados, caminaba por la calle mirando a todos lados, pensando que cualquier chino me podría hacer algo en cualquier lado.
En esos días nos vimos con unos amigos, un argentino y su novia taiwanesa. Los dos viven aquí hace mucho y conocen perfectamente la ciudad. De pronto, él dijo: los chinos son personas muy tranquilas. Ahí pensé: Ah, entonces no me van a hacer nada, las cámaras no me van a hacer nada.
Con el pasar de los días, ahora ya meses, puedo corroborar que los chinos son personas realmente tranquilas. Las cámaras siguen ahí, están en todos lados, repito, en todos lados. ¿Será por eso que son así? No lo creo. Pensaba yo: como los tienen controlados son pasivos, no hacen escándalo pero de ninguna manera puede ser sólo por eso.
Tiene que ser cultural sin duda. Cuando sales a la calle, nadie te agrede, nadie te silba, nadie te grita. Es un mundo diferente. La energía es diferente. Son miles. Vas en el subte y son miles. Pero esos miles van tranquilos por la vida. ¿Qué pasará por la mente de estos seres? ¿Cómo han sido críados para tener ese control interno?
Es contradictorio porque por un lado China ahora es una China capitalista consumista. Pero ese consumismo no los ha vuelto estresados. Esa rapidez del mundo contemporáneo y sobre todo occidental parece que no los ha descuajeringado. ¿Son años y siglos de tradición lo que los mantiene así? Debe ser, tiene que ser.
Leía sobre la China de antes, la de hace siglos atrás y me encontré con esto:
“El individuo es empujado a someterse a la colectividad por miedo al caos económico y social desde la época arcaica”.
“Los chinos fueron los primeros que inventaron las nociones básicas sobre las que se funda un estado, totalitario, tarea esencial para evitar que el caos se instale en la sociedad”.
“La búsqueda del orden absoluto que permita a millones de hombres y mujeres satisfacer sus necesidades de forma organizada aunque se acerque a un ideal totalitario está en el corazón del pensamiento político en China”.
Al leer esto hice “click” y pensé: Ah claro, este orden y esta calma están instalados desde hace siglos en el corazón chino y las cámaras son el estado.
Es que realmente cuando sales a la calle, la tranquilidad que sientes es incomparable. Eso no tiene precio. Sabes que no te van a robar, sabes que no te van a gritar, sabes que… bueno escupir sí. En conclusión sabes que nada malo te pasará.
Conversando con otros amigos extranjeros, todos coinciden en lo mismo, que vivir en China es vivir tranquilo y desestresado.
Recuerdo que mi primer día en Beijing estuve paseando sola cerca de nuestra casa, y sentí esa armonía y tranquilidad instalada en el ambiente. Mandé un correo contando esto, que me sentía como en casa, como si siempre hubiera estado aquí, que me sentía tranquila y contenta. Me respondieron en broma: debe ser por tu chinez. Ahora hago nuevamente “click” y claro está que no era por mi supuesta chinez.
Esto me hace reflexionar y me deja pensando. Debo confesar que siento un poco de angustia cuando pienso en mi ciudad. En esa Lima que me encanta pero que me agobia y estresa. Y concluyo en que tengo que aprender muchísimo de los chinos, de su orden interno, de ese orden que los hace seres apacibles y no violentos. Tengo que aprender todo eso para cuando regrese a mi bulliciosa ciudad.